¿Sabes? No era poeta, sólo
detestaba el insomnio.
Las palabras eran lo único
que jugaba con ella
durante las madrugadas
entre las sábanas,
donde se dedicaba a
combinarlas o retorcerlas,
las juntaba con amor o las
hacía estallar de rabia.
Al fin y al cabo, jugó
tanto con ellas
hasta adquirir la
confianza que necesitaba
para poder manipularlas a
su antojo.
Ahora tú y tú os llevaréis
bien,
pero en cuanto las dejaba
deslizarse por su cabeza
podía conseguir que
resbalasen y cayesen con violencia.
¿Quién determinaba eso?
¿Qué cambiaba el curso de
esas emociones?
Al igual que con las
palabras,
Todo pendía de su cabeza
no de ella.
El peligro era el mismo
instrumento que le permitía crearlas…
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